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Wisława Szymborska, o de los sueños

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La reconocí de inmediato: la forma en que sostenía el cigarrillo; su cabello blanco; sus ojos oscuros; su sonrisa; y, podría decir, aunque no tengo forma de comprobarlo, pues nunca la había visto caminar, que reconocí hasta la forma en que avanzaba con un paso acelerado. Esa mujer que salía de la librería de la calle Garbanska, en Cracovia, era Wisława Szymborska.  Debo decir que no suelo elegir bien bajo presión, cuando uno o dos segundos hacen la diferencia. Así que no me acerqué a ella a saludarla y a pedirle que me permitiera ayudarla con los libros que había comprado. Pude haberla acompañado unos minutos, decirle cuánto me han gustado sus libros y que mi poema preferido es ‘Las tres palabras más extrañas’, uno de los más breves, pero en él inicia y termina todo lo que importa. No sé por qué no lo hice. Tampoco sé por qué no me fui, por qué no la dejé desaparecer en la esquina. Hice lo peor que podía hacer: la seguí.  Quisiera pensar que todo fue culpa del i...

Los caminos a Matilde Alba Swann

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Abrir un libro de Matilde es como estar en un gran palacio, como admirarlo por vez primera y recorrer sus pasillos y suelos de piedra; es estar en el sitio y en el momento en el que debemos estar y entonces sentir una explosión en el pecho; es admirar el juego de la luz cuando se abre una nube y se apropia de todo con sus brazos efímeros, cascada brillante que se precipita sobre los techos de las casas, los patios, las calles y las cabezas de los niños. Abrir un libro de Matilde es la permanencia, es el testimonio. Abrir uno de sus ocho libros, el que sea, y sentir el mar en el rostro: ‘Canción y grito’ (1955); ‘Salmo al retorno’ (1956); ‘Madera para mi mañana’ (1957); ‘Tránsito del infinito adentro’ (1959); ‘Coral y remolino’ (1960); ‘Grillo y cuna’ (1971); ‘Con un hijo bajo el brazo’ (1978); ‘Crónica de mí misma’ (1980). Matilde Kirilovsky (1912-2000) nació en Berisso, una ciudad en la provincia de Buenos Aires, que en ese año tenía una población menor a los tres mil habitan...

Las preguntas de Sylvia Plath

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Frente a mí, en un vagón de la línea 6 del metro de Madrid, cuando me dirijo a la biblioteca a regresar libros de Ana María Matute, Ernesto Sabato, Álvaro Mutis y Vicente Aleixandre, hay una mujer que se pierde -o se encuentra- en un pequeño libro de pasta dura. Me ha llamado la atención la portada azul, pues me parece familiar, y trato de leer el título, pero me es imposible (tampoco es que insista mucho). El metro anuncia la estación Ciudad Universitaria, me pongo de pie y, con una intención renovada, como último recurso, me dirijo hacia la puerta con la mirada en el libro azul: la autora es Sylvia Plath. Al bajar del metro, pienso que se trata de un guiño para escribir sobre ella, pero no sólo para escribir sobre una de mis grandes poetas, sino para pedir una disculpa (¿a quién? No tengo idea), pues este espacio ha sido invadido por una clara presencia masculina y me he olvidado de recomendar a las escritoras que también han representado un punto de inflexión en mi relación co...

J. M. Coetzee, instrucciones para apartarse del mundo

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Nunca he podido responder a la pregunta sobre qué libros me llevaría a una isla desierta, aunque sí puedo decir qué libro me llevaría a ciertos parques, cafés, bares. Sólo los lugares en los que he estado me permiten resolver qué libro llevar si regreso a ellos, así que quizá pueda asegurar qué libro me llevaría a una isla desierta cuando haya estado en una isla desierta.  En Ámsterdam, por ejemplo, hay un bar, De Engelse Reet, en la calle Begijnensteeg, que está desde finales del siglo XIX y que tiene una atmósfera especial. No se permite el uso del teléfono móvil y no hay música. Es un sitio pequeño, apenas con unas cuantas mesas. Todo es de madera. La selección de bebidas es meticulosa: algunas cervezas distan mucho de las que puedes tomar en bares más conocidos. En lugares así, uno se comporta de acuerdo con las reglas aun antes de conocerlas. La voz cambia y la conversación fluye como si no hubiera nada más importante que escuchar. Sé perfectamente qué libros llevar...

Apuntes para Juan Carlos Onetti

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[Agenda / noviembre de 2011 / tinta negra] Leer a Juan Carlos Onetti (Montevideo, 1909 – Madrid, 1994) es reconocer que la felicidad y la tristeza (o el triunfo y el fracaso) no son conceptos separados, sino fenómenos que pertenecen a lo mismo. No lo propone, no es una sugerencia, lo revela. [Libreta / sin fecha / lápiz] Es difícil explicarlo, pero Onetti puede encontrar una grieta en el muro perfecto, desolación en el momento de mayor plenitud, y lo hace sobre el río apacible. El lector se entrega a ese río casi sin darse cuenta. El lector se sentirá nostálgico, triste quizá, pero, sin darse cuenta, también sentirá un alivio, una especie de paz.  [Libreta / tinta azul] ‘Dejemos hablar al viento’ [fragmentos] «Un hombre con fe es más peligroso que una bestia con hambre. La fe los obliga a la acción, a la injusticia, al mal; es bueno escucharlos asintiendo, medir en silencio cauteloso y cortés la intensidad de sus lepras y darles siempre la razón». «Sus cuad...

Alí Chumacero, la literatura como un principio

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Hace frío y una niebla extraña se extiende por las calles: inevitablemente pienso en Alí Chumacero. La niebla siempre me ha recordado a Chumacero. Repito uno de sus versos, «un sueño como ave perdida entre la niebla», como un mantra. Este verso me protege del frío. Hay algo en su forma que nos sobrevivirá. Quizá se trate de sus grandes temas: la noche, la soledad, la sombra, el silencio, el amor. Chumacero escribe viento, pero escribe amor; escribe ojos, pero escribe amores. Y el amor en sus manos es como tener una máquina del tiempo para ir a 1937, a Acaponeta, Nayarit, su lugar de nacimiento, pero encontrarnos al mismo tiempo en la Ciudad de México, en los años cuarenta o cincuenta, cuando publicó sus tres únicos poemarios: Páramo de sueños; Imágenes desterradas; y Palabras en reposo. Tres obras que son miles de obras, pues Páramo de sueños a las seis de la mañana no es el mismo Páramo de sueños que a las seis de la tarde. Imágenes desterradas cuando llueve tiene un efecto d...

No hablemos de Rayuela: Julio Cortázar

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La puerta de madera se abre, mis manos tiemblan. Es el encuentro con la biblioteca personal que Julio Cortázar tenía en París y con él llega la primera lluvia de nombres: Joyce; Alberti; Pizarnik; Fuentes; Keats; Cocteau; Calvino; Goya; Buñuel; Breton… Es sólo el comienzo. Estaré aquí tres meses. Esta biblioteca se encuentra en la Fundación Juan March, en Madrid, gracias a la donación de Aurora Bernárdez, la primera esposa de Cortázar. Son casi cuatro mil ejemplares. Un mundo. Un universo. Camino hacia Cortázar, Madrid está a 7 °C. El otoño goza de buena salud. Se desvanece la calle Castelló y me acerco a la rue Martel. No sé en qué año estoy o en dónde estoy, tampoco es que importe mucho: París, Madrid, Bruselas, Buenos Aires. Da igual. Hoy sólo importa Cortázar. No hay acceso al público, pero se han realizado exposiciones virtuales que permiten el contacto con esta gran colección. Quizá la exposición más importante sea ‘Los libros de Cortázar’ , presentada por el Ins...