El verano y Juan Ramón Jiménez
Cambia nuestra percepción de la luz. Mutan las hojas de los árboles. Las grandes avenidas se llenan de coches y la gente se mueve velozmente. Atrás ha quedado el Madrid desértico de agosto, la soledad que se paseaba a las cinco de la tarde por las calles del Barrio de Salamanca. Los gigantes que han habitado el verano, como si de principios del siglo veinte se tratara, vuelven a sus casas: Baroja, Darío, Unamuno, Valle-Inclán, Machado, Ortega y Gasset. Pero hay uno que se queda bajo el resguardo de un árbol, como la sombra misma del árbol, y me dice: «No es hastío de la vida, ni afán de otra cosa. Nada. Parece todo como desligado de mí, como si yo no tuviera poder ni dependencia de nada. Las mismas cosas mías me parecen estrañas y sin suficiente interés para mí... Y sin embargo, estoy a gusto, tranquilo, contemplando largamente, como una gloria, mi antemí ajeno, sin prisa ni cansancio. Miro cómo esa familia merienda prolijamente en su hondonada; cómo ese niño y ese perro s...