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Mostrando entradas de 2013

Muros para Ida Vitale

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Las diez de la noche en el barrio de Alameda: la fuente ilumina el gran jardín como una luciérnaga inmensa; la rua Lucinda Simões se prepara para la madrugada, aún pasan coches que alumbran a los caminantes que regresan a casa y a la ropa que se seca en los balcones. Todo pasa, Lisboa permanece. Me despido de esta ciudad sin querer irme. Repaso las imágenes de los últimos días, anotaciones en la piedra de la memoria, y me detengo en un grafiti que vi cerca del Panteão Nacional: “Maio”. Y la palabra mayo siempre me lleva a un poema de Ida Vitale: MES DE MAYO Escribo, escribo, escribo y no conduzco a nada, a nadie. Las palabras se espantan de mí como palomas, sordamente crepitan, arraigan en su terrón oscuro, se prevalecen con escrúpulo fino del innegable escándalo: por sobre la imprecisa escrita sombra me importa más amarte. ‘Oidor andante’, 1972 Ida aquí, en Lisboa, conmigo. ¿Por qué nos olvidamos de Ida Vitale? Maravillosa poeta uruguaya que ha publicado grandísim...

Las recomendaciones de Edith Wharton

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Es una agradable noticia recibir alguna crítica, buena o mala, sobre lo que uno escribe. Y se debe agradecer no sólo el tiempo de lectura, que ya es mucho, sino el tiempo para escribir o contar una opinión personal, honesta. Por eso me gusta cuando alguien decide ponerse en contacto conmigo para decirme que leyó un relato, un poema o una columna de mi autoría y quiere hacerme llegar sus impresiones. Sin embargo, la mayor satisfacción llega cuando me dicen que leyeron un libro que recomendé o que se acercaron a un autor gracias a que dije, alguna vez, que ese autor me marcó. Ahí la gran noticia, la mejor noticia, pues uno siente que hace algo por la literatura, algo que alarga su alcance, su vida. (Algo minúsculo, pero "algo", finalmente.) Me ocurre lo mismo que a Jorge Luis Borges: “No estoy orgulloso de lo que he escrito, sino de lo que leo”. Claro, lo mío es cierto, lo de Borges es modestia. Los últimos dos libros que han llegado a mis manos se los debo a Edith Wh...

Coloquio sobre ciertas relaciones y su reflexión

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La estudiante parecía una extensión de la mirada de Eduardo. Leía algo de física o de estadística, eso no está claro. Eran las horas últimas del semestre. — Anda, ve a invitarla — dijo Juan Carlos. — Sí, ahora o nunca — agregó, categórico, Mario. Pero Eduardo no se atrevía. — Nunca hemos hablado, no sabe quién soy, no sé qué le gusta — pretextó. Parece apropiado mencionar sobre este punto que más de un lector puede pensar, tal vez con razón, que a la estudiante le gusta la estadística o la física, la materia que se trate en aquel libro. Pero, en asuntos de cortejo universitario, mucho importan las posibilidades, que las hay buenas, pero también malas: el libro no le interesa; el libro es un simple designio académico. En este caso, el que no arriesga sigue en el juego. — ¡Mejor que no se conozcan! El factor sorpresa de tu parte. Mírala, ahí solita. Ella lo que quiere es compañía y tú siempre has tenido buena suerte con las mujeres — aseguró Mario. Es bien sab...

Point de non-retour

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Ahí estaba Lepic, frente al espejo del baño, después de una noche sin dormir. Lepic viendo su cabello revuelto por culpa de las almohadas y de los giros que dio en la cama. Lepic después de los relámpagos de la noche sobre el suelo de su habitación, estruendos que parecían romper todo en mil pedazos: ventanas y paredes moviéndose de un lado a otro mientras Lepic aprisionaba las sábanas con sus manos.  Ahí estaba Lepic, jugando a arrugar su frente y su nariz, reconociendo sus ojos, sus pestañas y sus cejas con las palmas de las manos, de arriba hacia abajo, imitando manías adolescentes. Lepic pestañeando un millón de veces. Lepic pensando en cuánto ha cambiado y en cuánto comienza a detestarse. Lepic queriendo arrancarle los ojos a Lepic.  En ese momento apareció algo distinto en él: una línea, nada más que una línea blanca, o casi blanca, delgadísima, que empezaba donde terminaba su cabello y que bajaba, casi inadvertida, hasta la barbilla. Lepic creyó que era una...

Wisława Szymborska, o de los sueños

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La reconocí de inmediato: la forma en que sostenía el cigarrillo; su cabello blanco; sus ojos oscuros; su sonrisa; y, podría decir, aunque no tengo forma de comprobarlo, pues nunca la había visto caminar, que reconocí hasta la forma en que avanzaba con un paso acelerado. Esa mujer que salía de la librería de la calle Garbanska, en Cracovia, era Wisława Szymborska.  Debo decir que no suelo elegir bien bajo presión, cuando uno o dos segundos hacen la diferencia. Así que no me acerqué a ella a saludarla y a pedirle que me permitiera ayudarla con los libros que había comprado. Pude haberla acompañado unos minutos, decirle cuánto me han gustado sus libros y que mi poema preferido es ‘Las tres palabras más extrañas’, uno de los más breves, pero en él inicia y termina todo lo que importa. No sé por qué no lo hice. Tampoco sé por qué no me fui, por qué no la dejé desaparecer en la esquina. Hice lo peor que podía hacer: la seguí.  Quisiera pensar que todo fue culpa del i...

Los caminos a Matilde Alba Swann

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Abrir un libro de Matilde es como estar en un gran palacio, como admirarlo por vez primera y recorrer sus pasillos y suelos de piedra; es estar en el sitio y en el momento en el que debemos estar y entonces sentir una explosión en el pecho; es admirar el juego de la luz cuando se abre una nube y se apropia de todo con sus brazos efímeros, cascada brillante que se precipita sobre los techos de las casas, los patios, las calles y las cabezas de los niños. Abrir un libro de Matilde es la permanencia, es el testimonio. Abrir uno de sus ocho libros, el que sea, y sentir el mar en el rostro: ‘Canción y grito’ (1955); ‘Salmo al retorno’ (1956); ‘Madera para mi mañana’ (1957); ‘Tránsito del infinito adentro’ (1959); ‘Coral y remolino’ (1960); ‘Grillo y cuna’ (1971); ‘Con un hijo bajo el brazo’ (1978); ‘Crónica de mí misma’ (1980). Matilde Kirilovsky (1912-2000) nació en Berisso, una ciudad en la provincia de Buenos Aires, que en ese año tenía una población menor a los tres mil habitan...

Las preguntas de Sylvia Plath

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Frente a mí, en un vagón de la línea 6 del metro de Madrid, cuando me dirijo a la biblioteca a regresar libros de Ana María Matute, Ernesto Sabato, Álvaro Mutis y Vicente Aleixandre, hay una mujer que se pierde -o se encuentra- en un pequeño libro de pasta dura. Me ha llamado la atención la portada azul, pues me parece familiar, y trato de leer el título, pero me es imposible (tampoco es que insista mucho). El metro anuncia la estación Ciudad Universitaria, me pongo de pie y, con una intención renovada, como último recurso, me dirijo hacia la puerta con la mirada en el libro azul: la autora es Sylvia Plath. Al bajar del metro, pienso que se trata de un guiño para escribir sobre ella, pero no sólo para escribir sobre una de mis grandes poetas, sino para pedir una disculpa (¿a quién? No tengo idea), pues este espacio ha sido invadido por una clara presencia masculina y me he olvidado de recomendar a las escritoras que también han representado un punto de inflexión en mi relación co...

J. M. Coetzee, instrucciones para apartarse del mundo

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Nunca he podido responder a la pregunta sobre qué libros me llevaría a una isla desierta, aunque sí puedo decir qué libro me llevaría a ciertos parques, cafés, bares. Sólo los lugares en los que he estado me permiten resolver qué libro llevar si regreso a ellos, así que quizá pueda asegurar qué libro me llevaría a una isla desierta cuando haya estado en una isla desierta.  En Ámsterdam, por ejemplo, hay un bar, De Engelse Reet, en la calle Begijnensteeg, que está desde finales del siglo XIX y que tiene una atmósfera especial. No se permite el uso del teléfono móvil y no hay música. Es un sitio pequeño, apenas con unas cuantas mesas. Todo es de madera. La selección de bebidas es meticulosa: algunas cervezas distan mucho de las que puedes tomar en bares más conocidos. En lugares así, uno se comporta de acuerdo con las reglas aun antes de conocerlas. La voz cambia y la conversación fluye como si no hubiera nada más importante que escuchar. Sé perfectamente qué libros llevar...

Apuntes para Juan Carlos Onetti

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[Agenda / noviembre de 2011 / tinta negra] Leer a Juan Carlos Onetti (Montevideo, 1909 – Madrid, 1994) es reconocer que la felicidad y la tristeza (o el triunfo y el fracaso) no son conceptos separados, sino fenómenos que pertenecen a lo mismo. No lo propone, no es una sugerencia, lo revela. [Libreta / sin fecha / lápiz] Es difícil explicarlo, pero Onetti puede encontrar una grieta en el muro perfecto, desolación en el momento de mayor plenitud, y lo hace sobre el río apacible. El lector se entrega a ese río casi sin darse cuenta. El lector se sentirá nostálgico, triste quizá, pero, sin darse cuenta, también sentirá un alivio, una especie de paz.  [Libreta / tinta azul] ‘Dejemos hablar al viento’ [fragmentos] «Un hombre con fe es más peligroso que una bestia con hambre. La fe los obliga a la acción, a la injusticia, al mal; es bueno escucharlos asintiendo, medir en silencio cauteloso y cortés la intensidad de sus lepras y darles siempre la razón». «Sus cuad...