Point de non-retour
Ahí estaba Lepic, frente al espejo del baño, después de una noche sin dormir. Lepic viendo su cabello revuelto por culpa de las almohadas y de los giros que dio en la cama. Lepic después de los relámpagos de la noche sobre el suelo de su habitación, estruendos que parecían romper todo en mil pedazos: ventanas y paredes moviéndose de un lado a otro mientras Lepic aprisionaba las sábanas con sus manos. Ahí estaba Lepic, jugando a arrugar su frente y su nariz, reconociendo sus ojos, sus pestañas y sus cejas con las palmas de las manos, de arriba hacia abajo, imitando manías adolescentes. Lepic pestañeando un millón de veces. Lepic pensando en cuánto ha cambiado y en cuánto comienza a detestarse. Lepic queriendo arrancarle los ojos a Lepic. En ese momento apareció algo distinto en él: una línea, nada más que una línea blanca, o casi blanca, delgadísima, que empezaba donde terminaba su cabello y que bajaba, casi inadvertida, hasta la barbilla. Lepic creyó que era una...