Wisława Szymborska, o de los sueños
La reconocí de inmediato: la forma en que sostenía el cigarrillo; su cabello blanco; sus ojos oscuros; su sonrisa; y, podría decir, aunque no tengo forma de comprobarlo, pues nunca la había visto caminar, que reconocí hasta la forma en que avanzaba con un paso acelerado. Esa mujer que salía de la librería de la calle Garbanska, en Cracovia, era Wisława Szymborska. Debo decir que no suelo elegir bien bajo presión, cuando uno o dos segundos hacen la diferencia. Así que no me acerqué a ella a saludarla y a pedirle que me permitiera ayudarla con los libros que había comprado. Pude haberla acompañado unos minutos, decirle cuánto me han gustado sus libros y que mi poema preferido es ‘Las tres palabras más extrañas’, uno de los más breves, pero en él inicia y termina todo lo que importa. No sé por qué no lo hice. Tampoco sé por qué no me fui, por qué no la dejé desaparecer en la esquina. Hice lo peor que podía hacer: la seguí. Quisiera pensar que todo fue culpa del i...