El hombre de barba
Encontró a Balieri en Oporto, hospedado en un hostal, a un lado de la Torre de los Clérigos. Tuvo que contenerse para no correr a matarlo en ese momento. No le importaba ir a la cárcel, había cruzado esa línea mucho tiempo atrás, pero quería ver sufrir a Balieri, torturarlo, ver el terror en sus ojos. No le haría el favor de atravesarle el cráneo con una bala, de matarlo en un segundo. Lo siguió casi sin tener que esconderse. Balieri nunca se giró, nunca sintió su presencia. Fue en la noche cuando se acercó a él, cuando Balieri cenaba bacalhau com natas . El hombre de barba tomó asiento frente a Balieri, quien se sobresaltó, pero no hizo nada, pues llamar la atención de la gente era un riesgo. Balieri huía de la persona que estaba sentada frente a él, pero también de la policía internacional. —Sabías que te encontraría —dijo el hombre de barba. —Hazlo —dijo Balieri. —¿Y perderme el gusto de verte sufrir? —preguntó el hombre de barba. —He estado ocultándome dura...