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Mostrando entradas de 2012

Alí Chumacero, la literatura como un principio

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Hace frío y una niebla extraña se extiende por las calles: inevitablemente pienso en Alí Chumacero. La niebla siempre me ha recordado a Chumacero. Repito uno de sus versos, «un sueño como ave perdida entre la niebla», como un mantra. Este verso me protege del frío. Hay algo en su forma que nos sobrevivirá. Quizá se trate de sus grandes temas: la noche, la soledad, la sombra, el silencio, el amor. Chumacero escribe viento, pero escribe amor; escribe ojos, pero escribe amores. Y el amor en sus manos es como tener una máquina del tiempo para ir a 1937, a Acaponeta, Nayarit, su lugar de nacimiento, pero encontrarnos al mismo tiempo en la Ciudad de México, en los años cuarenta o cincuenta, cuando publicó sus tres únicos poemarios: Páramo de sueños; Imágenes desterradas; y Palabras en reposo. Tres obras que son miles de obras, pues Páramo de sueños a las seis de la mañana no es el mismo Páramo de sueños que a las seis de la tarde. Imágenes desterradas cuando llueve tiene un efecto d...

No hablemos de Rayuela: Julio Cortázar

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La puerta de madera se abre, mis manos tiemblan. Es el encuentro con la biblioteca personal que Julio Cortázar tenía en París y con él llega la primera lluvia de nombres: Joyce; Alberti; Pizarnik; Fuentes; Keats; Cocteau; Calvino; Goya; Buñuel; Breton… Es sólo el comienzo. Estaré aquí tres meses. Esta biblioteca se encuentra en la Fundación Juan March, en Madrid, gracias a la donación de Aurora Bernárdez, la primera esposa de Cortázar. Son casi cuatro mil ejemplares. Un mundo. Un universo. Camino hacia Cortázar, Madrid está a 7 °C. El otoño goza de buena salud. Se desvanece la calle Castelló y me acerco a la rue Martel. No sé en qué año estoy o en dónde estoy, tampoco es que importe mucho: París, Madrid, Bruselas, Buenos Aires. Da igual. Hoy sólo importa Cortázar. No hay acceso al público, pero se han realizado exposiciones virtuales que permiten el contacto con esta gran colección. Quizá la exposición más importante sea ‘Los libros de Cortázar’ , presentada por el Ins...

El verano y Juan Ramón Jiménez

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Cambia nuestra percepción de la luz. Mutan las hojas de los árboles. Las grandes avenidas se llenan de coches y la gente se mueve velozmente. Atrás ha quedado el Madrid desértico de agosto, la soledad que se paseaba a las cinco de la tarde por las calles del Barrio de Salamanca. Los gigantes que han habitado el verano, como si de principios del siglo veinte se tratara, vuelven a sus casas: Baroja, Darío, Unamuno, Valle-Inclán, Machado, Ortega y Gasset. Pero hay uno que se queda bajo el resguardo de un árbol, como la sombra misma del árbol, y me dice: «No es hastío de la vida, ni afán de otra cosa. Nada. Parece todo como desligado de mí, como si yo no tuviera poder ni dependencia de nada. Las mismas cosas mías me parecen estrañas y sin suficiente interés para mí... Y sin embargo, estoy a gusto, tranquilo, contemplando largamente, como una gloria, mi antemí ajeno, sin prisa ni cansancio. Miro cómo esa familia merienda prolijamente en su hondonada; cómo ese niño y ese perro s...

Volvernos hacia Gabriela Mistral

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«Teilhard de Chardin ha dicho que la humanidad un día comerá sólo luz», escribió Ernesto Cardenal en su ensayo ‘En tu luz veremos la luz’. Un breve y bello paseo por la luz del universo -o por el universo de la luz-. Es poética la teoría de Teilhard de Chardin (jesuita y filósofo francés), pero incompleta. Creo que la humanidad, cuando evolucione, no podrá alimentarse sólo de luz, le hará falta, como acompañamiento, la poesía chilena. Puedo ver a la humanidad alimentarse de Vicente Huidobro, Pablo Neruda, Pablo de Rokha, Enrique Lihn, Óscar Hahn, Gonzalo Rojas, Nicanor Parra y Gabriela Mistral. (Sé que los grandes antólogos me darían una lista más amplia, más completa, pero esta antología es personal.)  Habrá tiempo para hablar de todos, sin tratamiento colectivo, pero hoy nos reclama una sola propiedad de la luz: Gabriela Mistral.  Leo el ensayo ‘Gabriela’, de Gonzalo Rojas, y no me sorprende que Huidobro y de Rokha no celebraran la poesía de Mistral. (También m...

De la casa de Ivo Andrić

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La editorial DEBOLS!LLO tiene una breve biografía, adecuada para conocer los elementos, casi fundamentales, de Ivo Andrić: «Nació en 1892 en Dolac, cerca de Travnik, Bosnia, cuando era aún parte de Austria-Hungría. Estudió en las universidades de Zagreb, Cracovia, Viena y Graz. Debido a sus actividades políticas, Andrić fue encarcelado por el gobierno austríaco durante la Primera Guerra Mundial, y fue en la cárcel donde escribió ‘Ex-Ponto’ (1918), que le valió una gran reputación literaria. Durante el breve reinado formado por serbios, croatas y eslovenos (más tarde el reino de Yugoslavia), Andrić desempeñó diversos cargos diplomáticos, incluido el de embajador en Alemania. Dimitió de la carrera diplomática en 1941 y pasó la Segunda Guerra Mundial en Belgrado. El argumento de sus obras procede de la historia y vida de su nativa Bosnia. Andri ć   escribió en el idioma serbocroata, y su contenido uso del idioma realza la fuerza épica de sus novelas. De sus obras t...

Los Antonio Gamoneda

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  Imaginemos la biblioteca de una casa de Oviedo en los años 20. Yo la imagino pequeña, sumida en un silencio delicado que sólo se rompe con la risa de un niño en la calle. Huele a madera y es algo fría. Ahí veo a un hombre escribiendo, casi no distingo su rostro, es como un dibujo de la luz. Su nombre es Antonio Gamoneda, pero no el Antonio Gamoneda que recibió, en 2006, los premios Cervantes y Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, sino Antonio Gamoneda padre. Esa biblioteca cayó en la Guerra Civil Española. No tiene sepulcro, tal vez porque no murió del todo; Amelia Lobón, esposa del primer Antonio y madre del segundo, rescató un libro que tiene el título ‘Otra más alta vida’. Así comenzó a leer poesía Antonio Gamoneda, leyendo el único libro que escribió su padre. No hay que hacer un esfuerzo para ver al joven Gamoneda aferrado a las palabras de ese libro, al lenguaje único y distinto de la poesía. Tampoco cuesta imaginarlo, a sus dieciséis años, en 1947, escribiendo sus ...

El destino de Juan Gelman

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«Prosa: ¿qué quieres de nosotros. Y tú especialmente, novela, novela moderna, forzosamente gris, aburrida, (“burguesa”), con esas costumbres y esas ignorancias, ¿por qué has de quitarnos, o, cuando menos, distraer así a nuestros poetas?», escribió Paul Verlaine en sus semblanzas literarias ‘Hombres de mi tiempo’. Así se sentía Verlaine al hablar de Andrés Theuriet, poeta y novelista nacido en Marly-le-Roi en el siglo diecinueve francés, tan distinto a los otros siglos diecinueve. Hoy Verlaine puede estar tranquilo, Juan Gelman escribe poesía. Gelman nació en Argentina en 1930, sólo dos años después de que su familia emigrara de Ucrania para establecerse en el literario país sudamericano. La historia de su padre da para dos volúmenes de quinientas páginas cada uno: obrero ucraniano; militar durante siete meses (artillero); revolucionario en Rusia en 1905; viajero con pasaporte falso usando el apellido Hellmann; exiliado en Argentina en 1913, aduana en donde la fonética lo baut...

Hacia José Emilio Pacheco

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Propongo cambiar el nombre a los cuatro puntos cardinales. No hay que meditarlo mucho. ¿Qué es el Nor te? No me dice nada. ¿Qué es el Sur? Para mí es como hablar del blanco o del negro. No quiero ir al Norte, no quiero ir hacia un algo, quiero ir hacia alguien. ¿De qué sirve decir Este y Oeste? Planteo aquí que los cuatro puntos cardinales tomen el nombre de cuatro poetas iberoamericanos. ¿Alguna objeción? La podemos discutir, pero siento decir que en esto seré irreductible (y no es que proponga a Oliverio Girondo, aunque, en otra ocasión, buscaremos un volcán, o un elemento químico, al que también podamos rebautizar). Son tantos los poetas que han transformado a su tiempo (Tomás Segovia dijo:  « Un poeta no pertenece a un lugar, pertenece a su tiempo » ), que sería imposible llegar a un consenso sobre quiénes darán nombre a los puntos cardinales. Así que me someto a un arranque absolutista y señalo que, con efecto inmediato, sustituyo al Norte por José Emilio Pacheco,...

Ernesto Cardenal y la libertad

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Idealizar es un padecimiento psicológico, quizá un desorden, y ayer se manifestó en mí otro síntoma: no existe la realidad objetiva si uno idealiza. Las horas últimas de la Feria del Libro de Madrid me trajeron un obsequio: conocí a Ernesto Cardenal durante una firma de libros. Admito que me provocó una suerte de arrojo y me apresuré a estrechar la mano con la que escribió ‘Epitafio para Joaquín Pasos’, lectura a la que regreso como a casa. Hay escritores que no se pueden ver como colegas, como compañeros de oficio, o de sueños de oficio, sino como guías. Así siento a Ernesto Cardenal; en tiempos de escasez, él se entrega sin contemplaciones. Como consecuencia del obsequio, mi círculo cercano, ese grupo repartido entre distintas ciudades mexicanas y Madrid, sufrió otra de mis idealizaciones, pues creí que todos sabrían quién es Ernesto Cardenal. Algunos son lectores voraces, otros son escritores, pero no lo conocen. Aclaro que no todos, los hay que lo leen y hasta tiene...