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La política y los autores

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Cuando Émile Zola, uno de los escritores franceses más emblemáticos del siglo XIX, publicó su célebre carta abierta, J’accuse…! , dirigida a Félix Faure, en ese momento presidente de Francia, un matiz político quedó unido de forma irremediable al nombre del escritor parisino. El caso Dreyfus ha trascendido como uno de los momentos políticos más complicados de la historia de Francia. El capitán Alfred Dreyfus había sido acusado de espionaje, enjuiciado, condenado al destierro y a cadena perpetua. La sociedad de ese país europeo se encontraba dividida en dos, por un lado había quienes pensaban que se trataba de una expresión antisemita (siendo Dreyfus de origen judío) y, por otro lado, representados por una gran mayoría conservadora, muchos creían que Dreyfus era culpable y celebraban la condena. Había muchas pruebas a favor de Dreyfus y que señalaban como verdadero culpable de espionaje al comandante Esterhazy, protegido por grupos militares y aristocráticos. Fue en ese momento ...

Raymond Carver sin laberintos

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Las calles están vacías, todos han llegado a casa. Las personas duermen, pasan una mala noche, se despiertan, caminan en pijama de la habitación a la cocina, a las tres de la mañana; beben agua, miran las sombras de la casa, a la oscuridad y al silencio adueñarse de todo, y regresan a la habitación para retomar el sueño. Son personas comunes, son los personajes de Raymond Carver. Él los observa, guarda cada detalle, escribe una historia: nos sorprenderá con una narrativa directa, alejada de los laberintos, real. Las historias de Carver nos pertenecen, como las de todos los grandes autores. Las hacemos nuestras. Y regresaremos a ellas, sin duda, regresaremos a ellas. Considerado como uno de los grandes maestros norteamericanos del relato, Raymond Carver es el autor más representativo de un estilo conocido como minimalismo y creador del Dirty realism (realismo sucio), que llegó como una inesperada forma del relato breve. En la literatura hay un afán por poner etiquetas a todo:...

Muros para Ida Vitale

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Las diez de la noche en el barrio de Alameda: la fuente ilumina el gran jardín como una luciérnaga inmensa; la rua Lucinda Simões se prepara para la madrugada, aún pasan coches que alumbran a los caminantes que regresan a casa y a la ropa que se seca en los balcones. Todo pasa, Lisboa permanece. Me despido de esta ciudad sin querer irme. Repaso las imágenes de los últimos días, anotaciones en la piedra de la memoria, y me detengo en un grafiti que vi cerca del Panteão Nacional: “Maio”. Y la palabra mayo siempre me lleva a un poema de Ida Vitale: MES DE MAYO Escribo, escribo, escribo y no conduzco a nada, a nadie. Las palabras se espantan de mí como palomas, sordamente crepitan, arraigan en su terrón oscuro, se prevalecen con escrúpulo fino del innegable escándalo: por sobre la imprecisa escrita sombra me importa más amarte. ‘Oidor andante’, 1972 Ida aquí, en Lisboa, conmigo. ¿Por qué nos olvidamos de Ida Vitale? Maravillosa poeta uruguaya que ha publicado grandísim...

Las recomendaciones de Edith Wharton

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Es una agradable noticia recibir alguna crítica, buena o mala, sobre lo que uno escribe. Y se debe agradecer no sólo el tiempo de lectura, que ya es mucho, sino el tiempo para escribir o contar una opinión personal, honesta. Por eso me gusta cuando alguien decide ponerse en contacto conmigo para decirme que leyó un relato, un poema o una columna de mi autoría y quiere hacerme llegar sus impresiones. Sin embargo, la mayor satisfacción llega cuando me dicen que leyeron un libro que recomendé o que se acercaron a un autor gracias a que dije, alguna vez, que ese autor me marcó. Ahí la gran noticia, la mejor noticia, pues uno siente que hace algo por la literatura, algo que alarga su alcance, su vida. (Algo minúsculo, pero "algo", finalmente.) Me ocurre lo mismo que a Jorge Luis Borges: “No estoy orgulloso de lo que he escrito, sino de lo que leo”. Claro, lo mío es cierto, lo de Borges es modestia. Los últimos dos libros que han llegado a mis manos se los debo a Edith Wh...

Coloquio sobre ciertas relaciones y su reflexión

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La estudiante parecía una extensión de la mirada de Eduardo. Leía algo de física o de estadística, eso no está claro. Eran las horas últimas del semestre. — Anda, ve a invitarla — dijo Juan Carlos. — Sí, ahora o nunca — agregó, categórico, Mario. Pero Eduardo no se atrevía. — Nunca hemos hablado, no sabe quién soy, no sé qué le gusta — pretextó. Parece apropiado mencionar sobre este punto que más de un lector puede pensar, tal vez con razón, que a la estudiante le gusta la estadística o la física, la materia que se trate en aquel libro. Pero, en asuntos de cortejo universitario, mucho importan las posibilidades, que las hay buenas, pero también malas: el libro no le interesa; el libro es un simple designio académico. En este caso, el que no arriesga sigue en el juego. — ¡Mejor que no se conozcan! El factor sorpresa de tu parte. Mírala, ahí solita. Ella lo que quiere es compañía y tú siempre has tenido buena suerte con las mujeres — aseguró Mario. Es bien sab...

Point de non-retour

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Ahí estaba Lepic, frente al espejo del baño, después de una noche sin dormir. Lepic viendo su cabello revuelto por culpa de las almohadas y de los giros que dio en la cama. Lepic después de los relámpagos de la noche sobre el suelo de su habitación, estruendos que parecían romper todo en mil pedazos: ventanas y paredes moviéndose de un lado a otro mientras Lepic aprisionaba las sábanas con sus manos.  Ahí estaba Lepic, jugando a arrugar su frente y su nariz, reconociendo sus ojos, sus pestañas y sus cejas con las palmas de las manos, de arriba hacia abajo, imitando manías adolescentes. Lepic pestañeando un millón de veces. Lepic pensando en cuánto ha cambiado y en cuánto comienza a detestarse. Lepic queriendo arrancarle los ojos a Lepic.  En ese momento apareció algo distinto en él: una línea, nada más que una línea blanca, o casi blanca, delgadísima, que empezaba donde terminaba su cabello y que bajaba, casi inadvertida, hasta la barbilla. Lepic creyó que era una...

Wisława Szymborska, o de los sueños

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La reconocí de inmediato: la forma en que sostenía el cigarrillo; su cabello blanco; sus ojos oscuros; su sonrisa; y, podría decir, aunque no tengo forma de comprobarlo, pues nunca la había visto caminar, que reconocí hasta la forma en que avanzaba con un paso acelerado. Esa mujer que salía de la librería de la calle Garbanska, en Cracovia, era Wisława Szymborska.  Debo decir que no suelo elegir bien bajo presión, cuando uno o dos segundos hacen la diferencia. Así que no me acerqué a ella a saludarla y a pedirle que me permitiera ayudarla con los libros que había comprado. Pude haberla acompañado unos minutos, decirle cuánto me han gustado sus libros y que mi poema preferido es ‘Las tres palabras más extrañas’, uno de los más breves, pero en él inicia y termina todo lo que importa. No sé por qué no lo hice. Tampoco sé por qué no me fui, por qué no la dejé desaparecer en la esquina. Hice lo peor que podía hacer: la seguí.  Quisiera pensar que todo fue culpa del i...