Texto para la presentación del Anecdotario de un breaking up, libro de Ramón Ortega tres
A 4 de junio de 2026, en Madrid
Agradezco a Ramón por invitarme a presentar su libro y a la librería Altamarea por este bonito espacio en la calle Eugenio Sellés, quien fuera catedrático de la Real Academia Española a finales del siglo XIX e inicios del XX, ocupando la silla X, que hoy pertenece a Clara Sánchez. Su discurso de bienvenida a la Academia fue pronunciado por Echegaray, nombre que también lleva el barrio del Estado de México en el que vivía Ramón antes de llegar a Madrid.
Agradezco también a todas y a todos ustedes por acercarse a la presentación de un libro.
Verles aquí me conmueve, porque hace falta querer mucho a los libros o ser muy buen amigo de Ramón —una de las dos cosas— para acudir a una presentación en una ciudad como Madrid, en la que, como diría otro muy buen amigo mío, el editor argentino Ezequiel Siddig, pasan muchas cosas al mismo tiempo. Entonces, ¿cómo elegir una?
Pero estamos, después de todo, en el mejor momento para que esta presentación en particular se lleve a cabo: es la Feria del Libro de Madrid, es un día precioso de junio y resulta que es Corpus Christi, que en el calendario brasileño es un día de descanso, y como yo trabajo con horario brasileño, es algo que me permite estar aquí.
También han ocurrido muchas cosas para que Ramón publique este libro, un trabajo que escribió hace varios años. Basta decirles que, cuando me contó sobre él, lo hizo a través de un correo electrónico que llevaba como firma automática: “Enviado desde mi BlackBerry”.
¿Qué cosas han ocurrido en el medio? La vida, sobre todo. La vida de Ramón, quien este 4 de junio de 2026 no sabemos con seguridad si es la misma persona que usaba esa BlackBerry. Él es y no es, al mismo tiempo, aquella persona, como nos pasa a quienes estamos aquí y lo podemos ver en nuestros propios anecdotarios.
Me gusta este libro, me gusta el Anecdotario de un breaking up porque me traslada a ese momento en el que Ramón y yo nos sentábamos por horas a hablar de él, de las muchas anécdotas que contiene y que, si nos descuidamos durante la lectura, nos toman por el hombro y se convierten en otra cosa, en una historia diferente, lo cual es algo muy positivo. Al final, Ramón consigue que nos preguntemos más cosas sobre el protagonista de estas historias, sobre Óscar y las punzadas del amor de las que habla; sobre lo que diría Gil de Biedma al encontrarse en estas páginas, o Tolstoi, con el mal humor que en un momento de su vida le generaba hablar de Guerra y Paz. Sobre las muchas casas que tuvo Óscar, sobre los barrios que habitó y que, de alguna manera, como el Ramón de la BlackBerry, siguen existiendo sin ser los mismos de hace unos años.
Sí. Yo tenía que estar aquí.
Me gusta este libro y me gustan también las presentaciones de libros porque honramos rituales del mundo antiguo. Plinio el Joven ya dejó documentado que los escritores del siglo I tenían que leer su trabajo en las casas de sus mecenas y ante un público selecto: eran, nada más y nada menos, las recitaciones romanas. Nadie se llevaba un ejemplar porque no los había, pero los narradores se encargaban de que la obra tuviera difusión. Ese formato duró más o menos unos 1500 años, hasta que la imprenta lo cambió todo.
Los editores después crearon reuniones pequeñas, similares a los cafés literarios, para promocionar las novedades. Y así nos fuimos acercando al formato que tenemos hoy, que se fue puliendo en el siglo XIX en Francia e Inglaterra, ya dentro de las librerías.
Cuentan que Dickens comenzó a realizar los primeros encuentros masivos, incluso cobrando entrada, con prensa presente y todo lo que la publicidad actual le agrega al mundo literario. Por cosas como esa queremos y odiamos a Dickens al mismo tiempo, pero sin él no estaríamos aquí, o quizá lo estaríamos tampoco sin Mark Twain, que tomó nota y comenzó a viajar con este formato por varias ciudades de Estados Unidos firmando ejemplares. No se sabe a ciencia cierta, pero las editoriales decían que, si se firmaban los libros, se aseguraban de que estos no pudieran devolverse.
En el Anecdotario de un breaking up también ocurren muchas cosas.
Ramón nos acerca a la filosofía de Ferrater Mora, a The Doors y a Italo Calvino, mientras nos habla del hambre que pasó Óscar después de separarse, de la soledad, de las discusiones con Julia y de lo malo que puede ser mentirle a una bibliotecaria (y aquí les miro a los ojos para advertirles: no lo hagan). Ramón nos habla de Paco Ignacio Taibo II o Paul Auster al mismo tiempo que reflexiona sobre la presencia de un padre en la vida de un hijo con el que no comparte techo. Óscar, nuestro protagonista, llega a Paul Auster por su expareja. ¿No es eso lo mejor que puede dejar un ex o una ex, un “te recomiendo leer a Paul Auster”? Entre historias, también reflexiona sobre lo que significa perder el acento al cambiar de país. Él dice: “Ese ‘vale’ ya no me salía fingido, aparecía con toda naturalidad y a veces de imprevisto”. ¿Qué significa eso? Son cosas que yo me había preguntado antes y que el libro, de forma generosa, me respondió.
Aunque Ramón no sea Óscar, impresiona lo íntimo que ha llegado a ser en estas páginas. Él está aquí, y eso es algo que siempre le agradezco a una lectura.
Sí, me gusta este libro y me gustan las presentaciones de libros. Y estas no serían como son sin Sylvia Beach, su Shakespeare and Company y esa primera publicación del Ulises de James Joyce, que terminaron por dar a las presentaciones de libros, ya en el siglo XX, el formato que hoy conservamos, con momentos definidos para preguntas del público. Qué valiente ha sido Sylvia al pasar el micrófono, en este caso invisible, a lo más valioso en el proceso de un libro: a quienes lo convierten en una lectura al tenerlo entre sus manos.
¿Cuál ha sido la cereza del pastel para que estos rituales persistan? La mitad del siglo XX y las grandes cadenas, que decidieron ofrecer vino, alcohol en general, al público asistente. No es el caso de hoy, perdónenme, pero recuerden lo que he dicho antes: en esta ciudad ocurren muchas cosas y quizá una de ellas sea que nos vayamos por un vino al terminar este rastro de recitación romana.